El
lenguaje
de los abogados

La Universidad forma excelentes profesionales en
Derecho. La mayoría de ellos capaces de resolver los problemas más
complicados.
Pero,
se olvida y ¡qué olvido! de que los abogados deben utilizar el
idioma para comunicarse con sus clientes.
Durante
la carrera se dictan diversas asignaturas. Los textos
en los que se estudia utilizan un lenguaje técnico -muchas
veces necesario- pero
plagado de palabras rebuscadas, oraciones largas, puntuación
nula o equivocada. Los futuros profesionales se acostumbran a
manejarlo y pierden de vista que, a través de él, no lograrán una
buena comunicación. Tampoco la generalidad de los docentes se adapta
al idioma comprensible.
Sin
embargo, no existen cursos de redacción ni se enseña a utilizar la
lengua oral con corrección.
En
los países desarrollados los cursos de lenguaje
se dictan en las universidades, cualquiera sea la carrera que
se curse.
En
el Uruguay, cuando el título se obtiene y muchos egresados pasan a
formar parte de importantes Estudios Jurídicos, estos tampoco hacen
hincapié en las deficiencias en lo que respecta al idioma.
Probablemente, algún jerarca se queje, pero nada hará por mejorar el
asunto.
Sí se ocuparán de perfeccionar a sus empleados,
en otros aspectos. Los enviarán a diferentes cursos de postgrado, en
el país o en el exterior. Actualizarán sus
conocimientos de inglés, de computación, pero dejarán
de lado el idioma materno, cuya utilización deficiente puede ser la
causante de innumerables fracasos laborales.
¿A
quién perjudica este mal uso de la lengua?
A
todos. Continuamente, estamos en contacto con dependencias del Estado
y tenemos
que comprender una ley, un decreto, una resolución, redactados por un
abogado.
Por
otra parte, en la vida particular de cada uno se suscitan hechos en
los que se requiere la intervención de un profesional.
Entonces,
se produce un cortocircuito entre lo que estos han escrito o dicho y
lo que nosotros comprendemos. Nosotros
que somos los interesados y quienes más derecho tenemos en entender
con claridad lo que la administración del Estado nos exige o el
asunto personal que pusimos en manos de un tercero.
En
un alegato, en un contrato, en una demanda, en un convenio… hay,
siempre, un relato de los hechos. El abogado que, generalmente los
recibe en forma oral de su cliente, debe redactarlos de tal manera
que este último los comprenda, que no necesite un
"traductor" para reconocer
lo que él mismo ha trasmitido.
La
mayoría de las veces la comunicación no se produce. El texto es tan
confuso, tan largo, tan complicado, que el interesado se da por
vencido y firma donde se lo indican.
Todos
sabemos que las bases del Derecho se establecieron en el Imperio
Romano. De él, hemos heredado también el idioma. Este ha sufrido
evoluciones en todos los aspectos, pero en materia jurídica sigue
aferrado a los viejos tiempos.
¿Por
qué las hojas se llaman "fojas" en el lenguaje jurídico?
¿Por
qué "otrosí digo" sustituye a "además digo" o a
"posdata"?
¿Por qué "por propia iniciativa"
o "por iniciativa propia" se cambia por "motu
proprio" (muchas veces sin la segunda "r")?
¿Por qué "prima facie" (que no
lleva la preposición "a") no puede ser sustituida por
"a primera vista"?
A
estas expresiones latinas se aferran los profesionales, no porque sean
claras, sino porque piensan
que sus colegas o sus superiores pueden juzgarlos de ignorantes
si no las utilizan. ¿Es que no las saben y por eso, no las usan?
Jueces,
fiscales, abogados, docentes no son conscientes de que su labor
primera es lograr trasmitir, en forma clara, las ideas que tienen
sobre determinado tema.
Nadie
puede aprender a expresarse con corrección y con eficacia, si alguien
no se lo enseña.
Pueden
servir de modelo los textos de otros, la forma de hablar de sus
colegas, pero siempre se necesitará de un
apoyo metódico, de quien
sepa cómo se escribe, cómo se habla y cuáles son los caminos
para lograr la eficacia.
Cada
profesional debe tener presente que su texto, no es suyo, sino del que
contrató sus servicios (ya sea el estado, ya sea un particular). Y
todos tenemos derecho a comprender, sin dificultades, el escrito que
se nos presente.
Por
supuesto, y eso nadie lo discute, se manejarán argumentos, basados en
disposiciones jurídicas, que, probablemente, no venga al caso saber.
Y, en este aspecto, el profesional, puede sentirse dueño de su
exposición. "Puede" porque, si se lo piden, necesita tener
la capacidad suficiente para explicar, con detalle, y, valiéndose de
un lenguaje estándar, todo lo que se le pregunte.
¿Y
las sentencias judiciales?
Con
ellas, habría que ser aún más severo. De lo que allí se expresa,
depende el futuro de una persona. ¿No debe el interesado
entender con claridad qué pena, qué sanción, qué indulto se
decide y por qué?
En
la mayoría de los casos, los jueces se expresan en un lenguaje tan
complicado que, inclusive para los abogados, la comprensión resulta
difícil.
Nadie
es más
culto, más inteligente, porque utilice un idioma rebuscado.
En
el lenguaje legal se pierden de vista las cuatro características
imprescindibles para lograr la comunicación:
La
claridad.
Las oraciones cortas, las palabras sencillas y precisas ayudan
a lograrla.
La concisión.
La
acumulación y el desorden en las ideas vuelven ilegible el texto.
La comprensibilidad.
Todo
lector debe ser capaz de comprender.
La corrección.
La buena ortografía, el uso adecuado de los signos de puntuación,
la separación en párrafos, entre otras cosas, hacen que la
comunicación se establezca.
Señores abogados:
¡No
menosprecien el papel que el lenguaje desempeña en su profesión!
Contamos con
la posibilidad de tratar cada uno de estos puntos en profundidad. Diferentes documentos,
preparados especialmente, contienen la información, pero no son de acceso gratuito.
Si usted está interesado en alguno de ellos, escríbanos a lenguaje@todo.com.uy e indíquenos sobre qué tema
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