¿Por
qué se habla tan mal?
Todos somos jueces del hablar de los demás. Los padres se
asombran de la pobreza de vocabulario de sus hijos, de las expresiones
que usan. Los adultos opinan sobre la forma de hablar de sus pares y
demuestran una inconciencia total hacia la suya.
Los adultos se desesperan cuando ven cómo hablan y
escriben sus hijos, que concurren a la escuela, al liceo, e, incluso,
a la universidad.
Se ha perdido la adecuación del lenguaje a las diferentes
situaciones. Los jóvenes no tienen la más mínima idea de qué
lengua hay que utilizar en cada ocasión, con cada persona. Si
bien el idioma es uno, tiene una riqueza tal que le permite al
usuario valerse de términos diferentes, según las circunstancias.
Los jóvenes, y también, algunos adultos, ignoran que hay
distintas formas de lenguaje: uno para dirigirse a los pares, otro,
para los superiores, otro, para los mayores… Nos encontramos, día a
día, con el tuteo indiscriminado, el voseo, el lenguaje ordinario,
las expresiones coloquiales...
En este sentido,
la responsabilidad es del docente. Nadie ha enseñado a estos
chicos, que pronto serán adultos, cómo se debe proceder. El maestro,
el profesor, es quien debe darle los recursos lingüísticos que le
permitan adaptarse a las diferentes situaciones con las que se
enfrentará en la vida.
Y, para poder trasmitirle ese conocimiento, él tiene que
dominar la lengua. Dominar la lengua no significa ser dueño de un
vocabulario complicado, de expresiones rebuscadas. Quiere decir
manejarse con un lenguaje estándar, claro y, sobre todo, adecuado a
la situación.
Para lograrlo, no basta con los
conocimientos que la carrera docente haya exigido. ¡Hay que
actualizarse!
Ninguno de nosotros confiaría en un médico, un dentista, un
abogado… que, una vez obtenido el título, se conformara con él y
nunca más estudiara nada.
Así como cambian las técnicas científicas, los decretos, las
leyes, así cambia el lenguaje. Y a esas modificaciones tienen que
estar atentos quienes son los formadores de personas.
Las autoridades de la Enseñanza -no es la primera vez que las
mencionamos- deben ser exigentes y "controladoras" con
relación al lenguaje que usan sus docentes. Esa indiferencia hacia el
medio de comunicación de los seres humanos, trae como
consecuencia, malos hablantes, malos escritores, malos
lectores, malos escuchas.
Si el docente no demuestra cuidado por su idioma, si se expresa
mal, si no es severo en cuanto al uso que de él hacen sus alumnos,
estos lo
utilizarán inadecuadamente.
La influencia lingüística de los padres y la de la enseñanza
curricular se ejercen en
forma simultánea.
Y, al mismo tiempo, se valen del lenguaje los medios de
comunicación: tercera línea
de responsabilidad.
En este aspecto, salvo raras excepciones, no hay preocupación
ninguna de quienes trabajan con él.
Se inventan términos, se conjugan mal los verbos, se utilizan
expresiones incorrectas… Nada importa porque los responsables de las
radios, de los diarios, de los canales de televisión, no tienen en
cuenta cómo usan el lenguaje las personas que empuñan un micrófono.
Lo único que les importa es que tal o cual programa tenga
buena audiencia, lo que da como resultado altos ingresos económicos.
Por último, la publicidad: cuarta
línea de responsabilidad.
Parece que, en lugar de mejorar en lo que al lenguaje se
refiere, la publicidad empeora día a día. Viola las más elementales
reglas de la lengua, ignora las de tilde, desprecia la puntuación,
modifica la ortografía. Y, ¡nada importa! Siempre y cuando se logre
el fin deseado: la venta de un
producto, la imposición de una forma de trabajo, la afiliación
de un nuevo socio…
¿Por qué hablamos tan mal?
Porque nada ni
nadie nos ayuda a hacerlo mejor y porque, finalmente, todos
somos cómplices de ese desapego al buen idioma.
No alcanza con comentar los errores que los demás cometen. Hay
que ser intransigentes con ellos, señalarlos, corregirlos,
censurarlos.
Como padres, ser severos y exigentes con nuestros hijos, en
cuanto al uso del lenguaje. Severos, también, con los docentes a
quienes les
confiamos la formación lingüística de los jóvenes.
Como adultos,
requerir de los medios de comunicación y de la publicidad un
correcto uso del idioma. No es fácil lograrlo, pero se puede.
Dependerá de cuanto empeño pongamos en ello.
Contamos con
la posibilidad de tratar cada uno de estos puntos en profundidad. Diferentes documentos,
preparados especialmente, contienen la información, pero no son de acceso gratuito.
Si usted está interesado en alguno de ellos, escríbanos a lenguaje@todo.com.uy e indíquenos sobre qué tema
o temas quiere saber más. Le diremos cómo proceder. |
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