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Una señora muy mayor fue al Banco de Canadá a abrir una
caja de ahorros. Insistió en hablar personalmente con el Presidente del banco,
pues dijo tener demasiado dinero en su bolso como para confiar en un banco cuyo
presidente fuera innacesible a los clientes.
Así que el Presidente del Banco la recibió y le preguntó cuánto iba a depositar
-580.000 dólares americanos- dijo ella- y vació su cartera sobre el escritorio
del presidente.
-Anda usted con demasiado dinero encima -se asombró el hombre- y permítame ser
indiscreto, señora, pero ¿de dónde sacó tanto dinero en efectivo?
-Hago apuestas- contestó la señora.
-¿Apuestas? ¿Qué tipo de apuestas?
-Bueno, por ejemplo... le apuesto 25 mil dólares a que usted tiene los testículos
cúbicos.
-Esa apuesta es estúpida, señora -dijo el presidente- no puede apostar a algo
que no depende del azar. No puede ganar con ese tipo de apuestas.
-Claro que puedo -lo desafió la anciana- Acepte la apuesta y se lo demostraré.
Es más, si usted está de acuerdo, y para que sea más serio el trato, vendré
mañana, a las 10 de la mañana con un abogado para que sirva de testigo.
A la mañana siguiente, a las 10 en punto, la señora llegó con su abogado a la
oficina del presidente. Hizo las oportunas presentaciones y luego le pidió al
presidente que se bajara los pantalones para ver cómo eran sus testículos. Él
se los bajó, ruborizado pero decidido, y en eso se da cuenta que el abogado
se estaba golpeando la cabeza contra la pared.
-¿Qué le ocurre a este hombre? -pregunta asombrado.
-Es que aposté con él 50 mil dólares a que venía al Banco de Canadá, entraba
a la oficina del presidente, le decía que se bajara los pantalones para verle
los testículos y él lo hacía -dijo con una sonrisa la anciana.
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